Recuerdo que un primo de mi madre, que era sacerdote salesiano, vino a nuestro pueblo para la fiesta. Celebró la misa, pero no solo eso: como buen salesiano, reunía a los chicos, nos transmitía alegría, organizaba excursiones y nos hablaba de Jesús, de Don Bosco y de Domingo Savio. Yo estaba entre ellos, entusiasmado, escuchando todo con mucha atención.
Al final del tiempo que estuvo con nosotros, que fue bastante, nos hizo una propuesta: si alguno quería seguir ese camino. Éramos cuatro los que dijimos que sí, que podíamos intentarlo. Y así comenzó todo.
Me tocó ir al Aspirantado, y allí encontré una comunidad que nunca voy a olvidar. Eran personas realmente extraordinarias: siempre estaban con nosotros, nos animaban, nos motivaban. Ese ambiente fue decisivo para mí. Ahí tomé una decisión clara: yo me quedo con Don Bosco, pase lo que pase.
Más adelante viajé con otros al Perú para hacer el noviciado. Estuve en Magdalena del Mar, donde hicimos el noviciado, y luego vino la profesión religiosa. Continué los estudios, en parte en Magdalena y en parte en Chosica. Finalmente, después de los años de teología, me ordené sacerdote el 22 de diciembre de 1937.
Desde entonces, casi toda mi vida en el Perú ha estado dedicada al trabajo en el seminario, en las escuelas, y también en el ámbito de la comunicación social, además de otros servicios a los que fui destinado. Pero en el fondo, siempre ha estado presente un gran anhelo: las misiones.
Incluso ahora, con los años, sigo deseando poder ir a un lugar de misión, encontrarme con la gente, anunciarles a Jesús y darles a conocer también a Don Bosco. Ese fue mi llamado, y esa fue mi decisión.
ORACIÓN DE DON BOSCO POR LAS VOCACIONES

LEER REFLEXIÓN COMPLETA, AQUÍ
Por los jóvenes, para que CULTIVEN ESPACIOS DE ORACIÓN INTERIO
Descubre más desde BOLETÍN SALESIANO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

