El secreto de Domingo Savio.- Hacer bien lo de cada día

Había una vez un niño llamado Domingo Savio, que nació el 2 de abril de 1842 en un pequeño pueblo del norte de Italia. Era el segundo de once hermanos en una familia sencilla, trabajadora y profundamente creyente. Desde muy pequeño, Domingo destacaba por algo especial: tenía un corazón bueno, una fe profunda y una alegría que contagiaba.

Iba a la escuela como cualquier niño, jugaba con sus amigos y cumplía con sus tareas. Pero había algo distinto en él. Le gustaba rezar, ayudar a los demás y hacer siempre lo correcto, incluso cuando era difícil.

A los siete años, hizo su Primera Comunión y escribió unos propósitos que marcarían su vida: ser amigo de Jesús y María, cumplir con sus deberes y preferir “morir antes que pecar”. No eran solo palabras; Domingo realmente intentaba vivir así cada día.

Un tiempo después, conoció a un sacerdote que cambiaría su vida: Don Bosco. Cuando se encontraron por primera vez, Domingo no dudó en decirle:
—“Padre, lléveme con usted. Quiero estudiar y ser santo”.

Don Bosco vio en él algo especial y lo invitó a su Oratorio en Turín, un lugar donde muchos jóvenes aprendían, jugaban y crecían como buenos cristianos.

Allí, Domingo encontró su lugar. Era buen estudiante, alegre en los juegos y siempre dispuesto a ayudar. Pero, sobre todo, quería ser santo.

Un día, Don Bosco les dijo a los muchachos algo que Domingo nunca olvidó:
—“Ser santo es fácil: basta con cumplir bien los deberes de cada día y estar siempre alegres”.

Desde entonces, Domingo entendió que la santidad no era hacer cosas extraordinarias, sino vivir lo cotidiano con amor. Así empezó a esforzarse más en sus estudios, a ser amable con todos y a dar buen ejemplo.

Domingo también tenía un gran corazón para los demás. En una ocasión, dos compañeros estaban a punto de pelear lanzándose piedras. Él se puso en medio, sacó un pequeño crucifijo y les dijo que, antes de empezar, le lanzaran la primera piedra a él. Los chicos, sorprendidos, se detuvieron. Nadie fue capaz de hacerle daño. Así, con valentía y fe, evitó la pelea.

También amaba mucho a la Virgen María. Rezaba con frecuencia e invitaba a sus amigos a acercarse a Dios. Incluso fundó un pequeño grupo con otros jóvenes para ayudar a sus compañeros a vivir mejor su fe. Para él, rezar y ayudar a los demás iban siempre juntos.

Pero Domingo no era fuerte físicamente. Su salud era frágil y, con el tiempo, empezó a empeorar. Aun así, no perdió nunca la alegría ni la paz. Cuando tuvo que regresar a su casa por enfermedad, lo hizo con tristeza, pero confiando en Dios.

En sus últimos días, recordaba sus propósitos de niño:
—“Jesús y María serán siempre mis amigos… ¡la muerte, pero no el pecado!”

Aunque estaba débil, se mantenía sereno. Sabía que su vida había tenido sentido. Antes de morir, miró a sus padres y dijo con una sonrisa:
—“¡Qué hermosa vista!”

Y así, con solo 14 años, partió en paz.

La historia de Domingo Savio no es la de alguien que hizo cosas espectaculares, sino la de un joven que vivió con sencillez, alegría y fe

. Aprendió que ser santo no es algo lejano, sino algo que se construye en lo pequeño: en estudiar bien, en ser buen amigo, en ayudar, en no rendirse y en confiar en Dios.

Por eso, su vida sigue siendo un ejemplo para muchos jóvenes hoy. Porque demuestra que cualquiera puede hacer algo grande… empezando por lo más sencillo.


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