Cada vez que celebramos el día del Maestro, vuelve a mi memoria una de las páginas más bellas del Evangelio. Dos discípulos se acercan a Jesús y le preguntan: «Maestro, ¿dónde vives?». La respuesta del Señor es sencilla, pero profundamente transformadora: «Vengan y verán» (Jn 1,39).
Jesús no entrega una dirección, sino que les ofrece una experiencia. No transmite únicamente un conocimiento; invita a compartir una vida. Allí está la esencia del verdadero maestro.
Hoy el mundo ha cambiado. La inteligencia artificial, internet y las nuevas tecnologías ponen el conocimiento al alcance de cualquiera. Los estudiantes ya no necesitan solamente instructores que repitan información. Necesitan hombres y mujeres capaces de inspirar, acompañar, escuchar y creer en ellos. Necesitan maestros. Sí, necesitan verdaderos maestros, no simplemente profesores o profesores de una materia, de un curso, acompañantes.
Pienso en el hermano franciscano Peter Tabichi, que hace unos años recibió el «Nobel de Educación», reconocido mundialmente por su extraordinaria labor educativa. El mismo hermano Franciscano cuenta. Mientras impartía sus clases, mantenía siempre la mirada fija en sus alumnos. No solo observaba quién aprendía, sino también quién sufría. Un día, uno de ellos le confesó: «Hermano Peter, hoy no he comido».
Aquella frase le cambió esquema de dar la clase. Porque un niño que llega con hambre difícilmente puede concentrarse. Pero el hambre no siempre es de pan. También existe el hambre de afecto, de compañía, de una palabra de aliento. Hay alumnos que viven con sus abuelos, otros en albergues, otros prácticamente solos; algunos cargan heridas invisibles que ningún examen logra revelar.
Por eso Peter Tabichi afirmó: «África producirá científicos, ingenieros y empresarios cuyo nombre será conocido en todo el mundo. Todo depende de lo que los maestros hagamos hoy.» Esa afirmación vale igualmente para América Latina y para cualquier rincón del planeta.
Cada niño que llega a realizar sus sueños lo hace porque, en algún momento de su historia, alguien creyó en él.
La educación nunca ha consistido únicamente en enseñar materias. Consiste, sobre todo, en descubrir personas. Eso. Y qué significa educar: Educĕre. Esta palabra tiene un significado profundo: «sacar hacia fuera», «extraer», «conducir desde el interior». Y por tanto, educar consiste ayudar a que cada persona saque lo mejor de sí misma.
Con motivo del Jubileo del Mundo de la Educación, el Papa León XIV recordó una verdad que ilumina el corazón de toda vocación educativa: «Compartir conocimientos no basta para enseñar: hace falta amor.» Y añadió que la educación solo florece en el encuentro profundo entre las personas, porque ninguna tecnología puede sustituir la relación humana entre educador y alumno.
Estas palabras encuentran un eco admirable en el mensaje del actual Rector Mayor de los Salesianos, P. Fabio Attard, quien ha señalado: «¡Qué urgente es que nuestros niños y jóvenes encuentren adultos sanos, maduros, pacientes y con visión de futuro! El amor que escucha y acompaña hace brotar el bien escondido en cada joven.» Eso fue precisamente lo que soñó Don Bosco.
Para nosotros, los salesianos, la educación es cosa del corazón. No puede existir verdadera educación sin cercanía, sin presencia, sin confianza. El Sistema Preventivo no se construye desde un escritorio, sino caminando junto a los jóvenes.
Por eso Don Bosco quería educadores presentes en el patio, compartiendo la vida cotidiana. Allí, entre un juego, una conversación espontánea y una sonrisa, el maestro descubre el corazón de sus muchachos. Solía repetir que al joven se le conoce en el comedor y en el patio, porque es allí donde aparecen sus alegrías, sus heridas, sus talentos y sus luchas.
Las escuelas salesianas están llamadas a ser verdaderas familias. Lugares donde cada estudiante pueda sentirse mirado por su nombre, acogido sin condiciones y acompañado en el descubrimiento de su propio camino.
Quizá ese sea el mayor desafío de nuestro tiempo. Formar personas antes que profesionales. Educar corazones antes que llenar cuadernos. Enseñar con la vida antes que con las palabras.
Porque, al final, los alumnos olvidarán muchas lecciones, pero nunca olvidarán al maestro que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía.
Ese maestro habrá respondido, como Jesús, no con un discurso, sino con una invitación que cambia la vida: «Ven y verás».
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