La pregunta podría hacerse a cada uno de nosotros y a toda la Congregación entera: ¿qué vocación y qué misión tiene una Congregación como la nuestra, vivificada y consagrada desde sus orígenes al Santísimo Corazón de Jesús?
Don Bosco fue invitado por el papa León XIII a hacerse cargo de la construcción de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús en Roma en 1880.
La primera piedra del templo había sido colocada el 17 de agosto de 1879, pero las obras tuvieron que suspenderse poco después por falta de recursos económicos. Ante esta situación, León XIII, sabiendo que Don Bosco se encontraba en Roma, lo llamó y le preguntó si estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de la construcción.
Don Bosco regresó a Turín y consultó a sus principales colaboradores salesianos. En una primera votación, seis de los siete superiores se opusieron a aceptar una obra tan costosa. Sin embargo, la profunda confianza de Don Bosco en la Providencia y en el Corazón de Jesús cambió la opinión de todos, y finalmente la Congregación aceptó el encargo.

El 14 de mayo de 1887, mientras Don Bosco miraba por las rendijas del templo, según los historiadores, consagraban la Basílica del Sagrado Corazón.
En 1887, Don Bosco celebra la famosa misa en el altar de María Auxiliadora de la Basílica, durante la cual se emociona profundamente al recordar el sueño de los nueve años.
Este encargo fue una de las últimas y más significativas misiones de la vida de Don Bosco. Él mismo veía la Basílica del Sagrado Corazón como una obra querida por Dios y un signo de la protección del Corazón de Jesús sobre la Congregación Salesiana y la Iglesia.

Don Bosco con gran humildad y fervor de espíritu decía:
—Ahora que la iglesia del Sagrado Corazón en Roma está terminada, ¿qué otra cosa puedo hacer en honor del Corazón de Jesús?
Esta misma pregunta la repitió y la propuso a los salesianos de Barcelona a Felipe Rinaldi. Y toda su vida fue una respuesta de amor, de iniciativa y de entrega para el triunfo del Corazón de Cristo en todos; para la construcción de la civilización del amor, de la que habló el papa Pablo VI y más tarde san Juan Pablo II.
Los Corazones Sacratísimos de Jesús y de María reaviven en nosotros aquella llama que ardía en Don Bosco y en sus primeros hijos ya pocos años después de la muerte del Santo Fundador. Y, como en los tiempos de Don Rua, al inicio del siglo XX, así también hoy, resplandezca en nosotros y en nuestras comunidades esta llama de amor tierna y fuerte al mismo tiempo, generosa y exigente hasta la entrega total al Sacratísimo Corazón de Jesús.
Para los salesianos, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no es solamente una práctica piadosa. Forma parte de la identidad misma de la Congregación. Don Bosco vio en el Corazón de Jesús la fuente del amor apostólico, de la confianza en la Providencia y del impulso misionero. La construcción de la Basílica del Sagrado Corazón en Roma fue el signo visible de esta espiritualidad, que luego continuaron Don Rua y el beato Felipe Rinaldi, invitando a los salesianos a ser constructores de la civilización del amor mediante la educación y evangelización de los jóvenes.



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