Reflexión de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42
El relato de la Pasión nos pone frente a un Jesús que no huye, que no se defiende con violencia, que no responde al mal con más mal. Cuando le preguntan “¿a quién buscan?”, Él responde con firmeza: “Yo soy”. Sabe lo que va a pasar, pero igual da un paso adelante.
Eso ya nos dice mucho: Jesús no vive desde el miedo, sino desde el amor.
A lo largo del Evangelio vemos traiciones, negaciones, injusticias, incluso Pedro, uno de los más cercanos, dice: “No lo soy”. Y sin embargo, Jesús no deja de amar. No se echa atrás. Permanece fiel hasta el final.
Hoy, vivir este día es mirarnos también a nosotros mismos:
¿Cuántas veces evitamos decir que creemos?
¿Cuántas veces elegimos lo fácil antes que lo correcto?
Jesús también nos enseña algo importante cuando le dice a Pedro: “Mete la espada en la vaina”. No todo se soluciona con fuerza o con imposición. A veces, el camino es más difícil: confiar, aguantar, amar incluso en medio del dolor.
Y al final, en la cruz, sus palabras son claras: “Todo está cumplido”. No es una derrota, es una entrega total. Es el amor llevado hasta el extremo.
Por eso, este día no es solo para mirar el sufrimiento, sino para descubrir cuánto vale el amor verdadero. Un amor que no abandona, que no se rinde, que sigue dando incluso cuando todo parece perdido.
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