Con la cercanía, apertura y sencillez que lo caracterizan, Monseñor Salvador nos abrió las puertas de la Casa Episcopal del Arzobispado de Ayacucho, para compartir los inicios de su vocación religiosa y su vínculo con la Familia Salesiana, en particular con los Salesianos Cooperadores que este año celebran 150 años de su fundación.

Una vocación nacida en casa
Recuerda con sencillez que desde niño tuvo claro su llamado: quería ser sacerdote. Creció en el corazón de Lima, en una familia profundamente vinculada a la vida parroquial. Su formación escolar en el colegio La Salle y el acompañamiento de sacerdotes salesianos, que incluso acudían a confesar a los estudiantes, fueron sembrando en él el amor a Jesús y a la Iglesia.
A los 16 años, con el permiso de sus padres, ingresó al seminario. Vivió con entusiasmo los años de formación en filosofía y teología, y muy joven pidió la ordenación sacerdotal.
Fue el cardenal Juan Landázuri, a quien recuerda como un pastor cercano y amigo, quien le confirió el sacramento y lo envió como diácono a la parroquia Virgen del Carmen, en San Miguel.
Un ministerio vivido sin frustraciones
Al cumplir 52 años de sacerdocio, Monseñor Piñeiro confiesa con gratitud que nunca se ha sentido frustrado. Su ministerio ha sido, para él, un camino de alegría, comunión y esperanza. Sirvió 16 años en San Miguel, donde forjó una profunda amistad con la Familia Salesiana, y luego ocho años en Barranco, experiencia que, según sus propias palabras, le permitió conocer el Perú en pocas cuadras: la riqueza, la pobreza y el desafío de entretejer realidades diversas para construir fraternidad.

Su camino pastoral continuó como rector del Seminario Santo Toribio, luego en Santa Rosa de Lince donde fue promotor del primer colegio parroquial del Perú, y más adelante como obispo castrense, recorriendo todo el territorio nacional y profundizando su amor por la peruanidad. Posteriormente, el Papa Benedicto XVI lo envió a los Andes ayacuchanos, una Iglesia herida por el sufrimiento, pero profundamente creyente y esperanzada.
Su camino como Salesiano Cooperador
Uno de los rasgos que Monseñor Piñeiro destaca con especial cariño es su vinculación con la espiritualidad salesiana. Recuerda con gratitud a sacerdotes salesianos que marcaron su vida, en especial al P. Jorge Sosa, su maestro y acompañante en los primeros años de ministerio, de quien aprendió la pedagogía, la cercanía y el método de Don Bosco.
Su nombramiento como Salesiano Cooperador llegó de manera sencilla pero significativa. Fue el entonces inspector, el P. Vicente Santilli, quien le comunicó el encargo especial. Tras un almuerzo comunitario, recibió una carta del Rector Mayor que lo invitaba a asumir este compromiso. Monseñor conserva ese documento no como un mérito personal, sino como signo de la fraternidad vivida junto a la Familia Salesiana.

Un mensaje a los jóvenes
Al mirar su historia, Monseñor Piñeiro anima a los jóvenes a no tener miedo. Su vida sacerdotal, dice, ha estado marcada por la acogida fraterna, el servicio y la apuesta constante por Jesús. Confía en que su testimonio pueda despertar nuevas vocaciones y reavivar el deseo de servir, especialmente en la misión y en los lugares donde más se necesita esperanza.
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