martes, 27 enero 2026
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«María, te doy mi corazón»: Domingo Savio

Domingo Savio vivió intensamente el Dogma de la Inmaculada Concepción proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Tenía apenas doce años, pero su madurez espiritual era sorprendente. Este joven santo, discípulo de Don Bosco, transformó aquel acontecimiento histórico en el fundamento de su vida espiritual, convirtiéndose en un modelo de santidad juvenil que sigue inspirando a millones de personas en todo el mundo.

El día que «entregó su corazón a María»

Don Bosco cuenta que Domingo recibió el anuncio del Dogma como un tesoro invaluable. Aquel histórico 8 de diciembre de 1854, después de la Santa Misa, mientras en Roma el Santo Padre proclamaba solemnemente la verdad de fe sobre la Inmaculada Concepción de María, Domingo se acercó al altar de la Virgen en la iglesia de San Francisco de Sales y, arrodillado con las manos juntas y el corazón transportado al cielo, rezó en silencio una oración que fue decisiva para toda su vida:

«María, te doy mi corazón. Haz que sea siempre tuyo. Jesús y María, sed siempre mis amigos; pero por piedad, haced que muera antes que me suceda la desgracia de cometer un solo pecado.»

Ese día, Domingo renovó y profundizó los propósitos que había hecho cinco años antes, durante su Primera Comunión a los siete años. Su famoso lema «Antes morir que pecar» no era una frase severa o rigorista, sino la expresión de un amor total a la Virgen, limpia y sin mancha, a quien deseaba parecerse en pureza, alegría y entrega total a Dios.

La Inmaculada como modelo de alegría y pureza

Para Domingo, la Inmaculada no era una idea abstracta ni un concepto teológico distante. Era una Madre cercana, tierna y real que lo acompañaba en cada momento: al oratorio, en sus estudios, en sus juegos con los compañeros y en sus luchas espirituales. Él solía repetir con profunda convicción: «María es mi madre; a ella lo confío todo.» Esta confianza filial se manifestaba en su alegría contagiosa, en su capacidad de vivir la santidad sin sombras de tristeza, y en su testimonio de que la pureza del corazón es fuente de verdadera libertad y felicidad.

Un apostolado mariano entre sus compañeros

El amor de Domingo por la Inmaculada no se quedó en sentimientos personales, sino que lo impulsó a la acción apostólica. El 8 de junio de 1856, apenas un año y medio después de la proclamación del Dogma, fundó junto con algunos amigos del Oratorio la famosa «Compañía de la Inmaculada Concepción», un pequeño grupo de muchachos que se consagraron a María y se comprometieron a:

•             Ayudar a los compañeros más difíciles con paciencia y caridad

•             Evitar las malas conversaciones y palabras ofensivas

•             Rezar con fervor y recibir los sacramentos con frecuencia

•             Vivir con alegría contagiosa y espíritu de servicio

•             Colaborar con Don Bosco en tareas concretas del Oratorio

Este grupo fue la semilla del futuro Oratorio Salesiano. De aquella pequeña Compañía de la Inmaculada surgieron jóvenes santos como Miguel Magone y Francisco Besucco. Cuando Don Bosco fundó la Congregación Salesiana en 1859, entre los veintidós presentes estaban todos los iniciadores de la Compañía, excepto Domingo, quien ya había volado al cielo dos años antes.

La pureza como camino de libertad

Para Domingo, vivir el Dogma de la Inmaculada significaba esforzarse por tener un corazón limpio, libre de egoísmo, mentira o violencia. No se trataba de un rigorismo triste, sino de una búsqueda gozosa de la belleza interior. Su alegría contagiosa nacía precisamente de esa pureza vivida con frescura juvenil. Don Bosco lo veía como un «adolescente frágil, con un cuerpo débil, pero con el alma tendida en una pura oblación de sí mismo al amor soberanamente delicado y exigente de Cristo.»

Un testimonio que perdura

La conexión entre Domingo Savio y la Inmaculada Concepción fue tan profunda que su canonización, el 12 de junio de 1954, tuvo lugar exactamente cien años después de la proclamación del Dogma. El Papa Pío XII, en su homilía de canonización, destacó que Domingo había demostrado que «la santidad no es fruto de la edad madura, sino de la gracia de Dios.»

Antes de morir, con apenas 14 años, Domingo recibió por última vez los sacramentos y dejó un mensaje final que resume toda su espiritualidad mariana:

«Ahora estoy contento; es verdad que tengo que hacer el largo viaje de la eternidad, pero con Jesús en mi compañía, no tengo nada que temer. Dilo siempre, dilo a todos: quien tiene a Jesús por amigo y compañero ya no teme ningún mal, ni siquiera la muerte.»

Hoy, Santo Domingo Savio nos invita a redescubrir la belleza de la devoción mariana, especialmente a la Inmaculada Concepción, como camino de santidad accesible para todos, especialmente para los jóvenes. Su vida demuestra que la pureza del corazón, vivida con alegría y espíritu apostólico, es el camino más seguro hacia la verdadera felicidad y la santidad.


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