El muchacho estaba sentado en la vereda, con la mirada perdida y las manos en los bolsillos.
¿En qué piensas?, le pregunté, sentándome a su lado. A veces siento que soñar no sirve, respondió.
Sonreí despacio.
¿Sabes? A alguien le dijeron una vez lo mismo: “No le hagas caso a los sueños”. Y gracias a que no obedeció, hoy millones de jóvenes tienen un lugar en el mundo. ¿Quieres que te cuente su historia?
El chico levantó la vista. Asintió.
Un niño llamado Juan

Se llamaba Juan Bosco. Nació en 1815, en un pueblito pobre llamado I Becchi, en Italia. Cuando tenía solo dos años, su papá murió. Su mamá, Margarita, lo abrazó fuerte y le dijo: “Ya no tienes padre”. Desde ese día, ella fue todo para él: madre, maestra y refugio.
¿Era pobre?, preguntó el chico.
Mucho, respondí, pero su mamá le dejó la mayor herencia: la fe y el amor.
El sueño que nadie entendía
A los nueve años, Juan tuvo un sueño raro. Vio a muchos chicos peleando y diciendo malas palabras. Él quiso hacerlos callar a golpes, pero Jesús le dijo que no: que los ganara con amor. Después apareció la Virgen María y le prometió enseñarle el camino.
Juan despertó llorando. No entendía nada. Su mamá solo le dijo: “Quizás algún día seas sacerdote”.
¿Y le hicieron caso?
Muchos se rieron de él, contesté, pero Juan no dejó de soñar.
Estudiar, trabajar y resistir
Juan quería estudiar, pero su hermano decía que debía trabajar. Y trabajó mucho.
Hasta que apareció Don Calosso, un sacerdote que confió en él y lo ayudó a aprender. Fue como un segundo papá. Cuando murió, Juan volvió a quedar solo, pero siguió.
En la ciudad de Chieri trabajó de todo: mozo, sastre, músico. Estudiaba de noche y ayudaba a otros chicos. Con ellos formó la Sociedad de la Alegría, porque creía que la fe también podía ser feliz.

“Si yo fuera sacerdote, sería distinto”
Un día, tras ser maltratado por un sacerdote, Juan dijo algo que le salió del corazón:
“Si yo fuera sacerdote, sería distinto”.
Y no lo dijo por bronca, sino por amor. Años después, cumplió su palabra.
El sueño se vuelve abrazo
Cuando fue sacerdote, seguí, Juan visitó las cárceles. Vio chicos pobres, solos, perdidos. Y recordó su sueño de niño.
Entonces pensó: “Si alguien los quisiera antes, nada de esto pasaría”.
Así nació el Oratorio: un patio para jugar, una casa para vivir, una escuela para aprender y una iglesia para rezar.
Juan Bosco se volvió Don Bosco. Y nunca dejó de soñar.
El consejo
El chico guardó silencio. ¿Y si yo también tengo un sueño?, preguntó.
Entonces cuídalo, le dije, porque Don Bosco nos enseñó algo simple y grande:
no dejes que nadie te robe los sueños. A veces, Dios empieza cambiando el mundo con uno solo.
Descubre más desde BOLETÍN SALESIANO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

