El 8 de diciembre, día de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, es para toda la Familia Salesiana una fecha luminosa: se celebra el nacimiento del Oratorio, una obra que transformó la vida de miles de jóvenes desde aquel primer encuentro providencial en 1841.
En sus Memorias del Oratorio, Don Bosco señala ese día como “el inicio de nuestro Oratorio, que, bendecido por el Señor, tomó ese auge que entonces ciertamente yo no podía imaginar”. Y realmente, ese comienzo fue tan sencillo como extraordinario.

Aquel 8 de diciembre de 1841, en la iglesia de San Francisco de Asís en Turín, Don Bosco conoce a Bartolomé Garelli, un muchacho humilde, desmotivado, sin familia y sin educación formal, pero ingenioso y con un talento peculiar: sabía silbar increíblemente bien.
Don Bosco, con la cercanía y amabilidad que caracterizan al Sistema Preventivo, no lo reprende ni lo aparta. Al contrario, se acerca con una sonrisa, despierta su interés, fortalece su autoestima y reconoce el valor de su persona, logrando ganarse su confianza.
La conversación del “después”
Terminada la celebración, Don Bosco lo invitó a sentarse en una pequeña banca de madera. El sacerdote apenas había tomado una tacita de café aquella mañana, pero su prioridad era otra: ese muchacho.
—Dime, Bartolomé. ¿Tienes familia? —preguntó Don Bosco con voz suave.
—No, señor. Papá y mamá murieron —respondió el joven bajando la mirada.
—¿Y vas a la escuela?
—No sé leer, tampoco escribir.
—¿Has hecho la Primera Comunión?
—No. tampoco voy al catecismo.
Entonces sonrió.
Aquello era la historia repetida de muchos muchachos que veía por las calles y, peor aún, en las cárceles: jóvenes fuertes, inteligentes, pero humillados hasta perder la dignidad.
—Bien, Bartolomé —dijo con alegría serena—. Vamos a empezar tú y yo, aquí y ahora.
Juntaron las manos y rezaron un Ave María. Después, Don Bosco le dio su primera lección de catecismo. Ese, sin saberlo, fue el nacimiento del Oratorio.

Los primeros compañeros
A los pocos días, Bartolomé volvió, y esta vez trajo amigos: otros albañiles, otros abandonados, incluso algunos que habían salido de la correccional. Don Bosco los recibía a todos con la misma sonrisa.
Muy pronto la iglesia se llenó de risas, carreras y voces:
—¡Don Bosco, mire cómo corro!
—¡Hoy sí ganaré la lotería!
—¿Habrá dulces, padre?
Entre juegos, paseos, cantos y carreras, Don Bosco les enseñaba lo esencial: rezar, aprender, confiar en sí mismos y en Dios.
La misión clara
Mientras los muchachos jugaban, Don Bosco conversaba con Don Cafasso, su guía y amigo.
—Estos jóvenes necesitan un amigo afuera —decía Don Bosco—. Alguien que los instruya, los proteja, los acompañe a la iglesia, que les enseñe a ser mejores. Si los ayudamos, quizá no vuelvan a la cárcel.
Don Cafasso asentía, orgulloso
—Giovanni, estás creando algo nuevo, algo grande.
Un lugar donde se reza
Poco a poco, lo que comenzó con Bartolomé se convirtió en un Oratorio: no un simple espacio de juegos, sino un lugar donde antes que todo se reza, se aprende y se crece.
Don Bosco repetía su lema una y otra vez, hasta grabarlo en el corazón de cada joven: “Honestos ciudadanos y buenos cristianos”.

Y por eso cuidaba el Oratorio como un tesoro. Alejaba, aunque le doliera, a quienes podían hacer daño a los muchachos. Prefería quedarse casi solo con ellos antes que permitir que alguien desviara aquella misión naciente.
El inicio de una gran historia
Bartolomé Garelli, aquel muchacho temeroso del 8 de diciembre fue el primero de miles.
Y Don Bosco, con una oración, una sonrisa y un corazón valiente, encendió ese día una luz que jamás se apagaría.
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