miércoles, 7 enero 2026
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La estrella que iluminó y acompañó el camino de los Reyes Magos

La historia de los Reyes Magos nos invita a detenernos y mirar el cielo de nuestra propia vida. En medio de la noche, aparece una estrella que no deslumbra por su tamaño, sino por la claridad con la que orienta y acompaña el camino. Esa estrella es signo de la presencia de Dios que sale al encuentro, que no se impone, pero que invita a ponerse en camino.

Los Reyes Magos supieron leer los signos de los tiempos. Dejaron sus seguridades y se animaron a seguir una luz que los conducía hacia lo desconocido. En ese gesto reconocemos también nuestra vocación: caminar confiando, aun cuando el trayecto sea largo y cansado. La estrella no les prometió un camino fácil, pero sí una presencia constante que los acompañó en cada paso.

Los Reyes Magos alzaron la mirada y comprendieron que esa luz era una señal. La estrella no solo indicaba una dirección, sino que invitaba a ponerse en camino.

Durante el viaje, la estrella fue guía y compañía. En ella descubrimos el modo de actuar de Dios: ilumina sin obligar, espera sin abandonar, orienta sin anular la libertad. Así actúa la fe en nuestra vida. No elimina las dudas ni las dificultades, pero nos ayuda a no perder el rumbo cuando aparecen el cansancio, el miedo o la incertidumbre.

Cuando el cansancio aparecía, su brillo devolvía fuerzas. Cuando surgían dudas, la estrella seguía allí, paciente, sin imponer el camino, pero marcándolo con claridad

Los dones que los Reyes llevaron al Niño también nos hablan hoy. El oro nos recuerda que Jesús es Rey, pero de un Reino distinto, basado en el servicio y el amor. El incienso proclama que en ese Niño reconocemos a Dios hecho cercano, que habita nuestra historia. La mirra, signo de sufrimiento y fragilidad, nos recuerda que Jesús comparte plenamente nuestra condición humana y acompaña el dolor de todos los que sufren.

La estrella no se detuvo en un palacio, sino sobre un lugar humilde. Allí comprendemos que Dios se manifiesta en la sencillez y que su presencia se revela muchas veces en lo pequeño, en lo cotidiano, en aquello que el mundo no considera importante. Este descubrimiento transforma la mirada y el corazón de quienes se dejan guiar.

Los Reyes comprendieron entonces que la grandeza de Dios se manifestaba en la sencillez, y que el verdadero camino no era el del poder, sino el del servicio.

Hoy, la estrella sigue brillando. No siempre la vemos en el cielo, pero la reconocemos en la Palabra de Dios, en la vida comunitaria, en la cercanía de un amigo, en el clamor de los más frágiles y en cada gesto de amor sincero. Ella nos invita a salir de nosotros mismos, a caminar juntos y a ofrecer lo mejor que somos y tenemos.

¡Seguimos la estrella!

Seguir la estrella es optar por una fe que camina, una esperanza que sostiene y una luz que acompaña. Allí donde aprendemos a dejarnos guiar por Dios, también nos convertimos en luz para los demás, señalando caminos de encuentro, fraternidad y paz.


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