El Jueves Santo no solo recordamos la Última Cena, también celebramos el día del sacerdote. Es un buen momento para mirar su papel en la vida de la Iglesia y en la sociedad.



El sacerdote está llamado, ante todo, a estar cerca de las personas. No solo en los momentos importantes, sino en lo cotidiano: escuchar, acompañar, orientar.
Muchas veces su trabajo no se ve, pero está presente en la vida de niños, jóvenes, familias y comunidades enteras.
En medio de una sociedad que cambia rápido, donde hay dudas, problemas y muchas voces distintas, el sacerdote sigue siendo alguien que ayuda a encontrar sentido. No tiene todas las respuestas, pero camina con la gente, comparte sus preocupaciones y trata de iluminar desde el Evangelio.

Don Bosco lo entendió muy bien cuando dijo: «El que se hace sacerdote solamente debe buscar almas para Dios». Esa frase resume su misión: vivir para servir.
Su tarea no es solo celebrar los sacramentos, sino acompañar procesos, especialmente de los jóvenes, ayudándolos a crecer, a tomar decisiones y a no sentirse solos. Ese acompañamiento muchas veces es silencioso, pero muy importante.

Hoy, más que nunca, el sacerdote necesita cercanía con la gente y la gente necesita sacerdotes cercanos. Por eso, este día también es una invitación a valorar su presencia, a rezar por ellos y a reconocer el servicio que realizan cada día.
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