He conocido al obispo que siempre vivía según la fe

En la historia de la Iglesia peruana, pocos nombres brillan con tanta fuerza como el de Octavio Ortiz Arrieta Coya. Han pasado 147 años del nacimiento del Venerable Ortiz Arrieta, y su nombre sigue tan vigente y actual.

Mons. Ortiz, nació en Lima el 9 de abril de 1878, en plena crisis social y económica tras la Guerra del Pacífico, su vida estuvo marcada por una profunda vocación religiosa y un compromiso inquebrantable con los más necesitados. Su trayectoria, desde su ingreso al Oratorio del Rímac hasta su labor episcopal en Chachapoyas, refleja la esencia del ideal salesiano: formar buenos cristianos y honrados ciudadanos.

La infancia de Ortiz Arrieta transcurrió en una Lima golpeada por la miseria y la desesperanza. La guerra del ’79 había dejado hogares enlutados y una economía paralizada. Para los niños sin recursos, encontrar un espacio de formación y acogida era un desafío. Desde muy pequeño, Octavio demostró una especial inclinación hacia la vida religiosa y un gran interés por el catecismo. Sin embargo, ingresar como interno al Oratorio del Rímac no fue sencillo.

El joven Ortiz Arrieta ansiaba formar parte de la comunidad salesiana, pero las limitaciones de espacio dificultaban su admisión. Un día, el padre Carlos Pane lo encontró en un rincón del patio, con la tristeza reflejada en su rostro. “A todos los están recibiendo en el internado… y a mí no tienen cuando recibirme”, expresó con angustia. Conmovido, el sacerdote intercedió por él y, finalmente, el 7 de diciembre de 1893, Octavio fue aceptado como interno. Tenía 15 años y, sin saberlo, este paso marcaría el inicio de una vida de entrega y servicio.

Desde su ingreso en la comunidad salesiana, Ortiz Arrieta destacó por su disciplina, inteligencia y compromiso con la fe. Su vocación sacerdotal lo llevó a recibir la ordenación en 1903, convirtiéndose en el primer obispo salesiano del Perú. Fue designado como Obispo de Chachapoyas en 1921, un cargo que asumió con humildad y entrega total a su comunidad.

Su labor episcopal no solo se limitó a la evangelización. Se preocupó por la educación, la justicia social y la defensa de los más vulnerables. Durante su episcopado, promovió la construcción de escuelas, impulsó el acceso a la educación para los más pobres y fortaleció la identidad católica en la región. Su testimonio de vida inspiró a muchos, y su legado sigue vivo en quienes conocieron su obra.

La santidad de Monseñor Ortiz Arrieta trascendió más allá de su tiempo. Su testimonio de vida fue reconocido por múltiples figuras eclesiásticas, como Monseñor Brazzini, obispo auxiliar de Lima, quien afirmó: “Cuánto bien me ha hecho el contacto vivo con la santidad de Monseñor Octavio”. Su vida también dejó una huella imborrable en la comunidad de Chachapoyas. Un anciano pastor de la región recordó con emoción: “Soy pobre, pero tengo fe y la fe es la mejor riqueza que he dejado a mis hijos. ¿Y sabe por qué tengo fe? Porque he conocido de cerca a obispo, que siempre vivía según la fe que nos predicaba”.

El proceso de canonización de Monseñor Octavio Ortiz Arrieta sigue en marcha, consolidando su reconocimiento como un verdadero santo peruano y un salesiano de corazón, mejor dicho; el primer Salesiano de Don Bosco. Su vida sigue siendo un testimonio de entrega y testimonio de que la fe, cuando se vive con autenticidad, puede transformar comunidades enteras.

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