Set - Oct 2017
Jueves 02 de Junio del 2016

Comentario bíblico - 29 de mayo

EL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR– CICLO C

Gn 14, 18-20/ Sal 109/ 1Co 11, 23-26/ Lc 9, 11-17

 

EL PAN DE LA VIDA Y DE LA COMUNIÓN

Como seres humanos que somos, vivientes, animados y corpóreos, tenemos necesidad del alimento. Comer es importante porque permite vivir, es decir, los alimentos nutren nuestro organismo, lo revitalizan y permiten que funcione con la debida normalidad. Pero no solamente nuestro cuerpo necesita alimentación, también nuestra alma, porque no somos solo cuerpo. Jesús mismo se nos quiso donar como alimento que fortalece nuestra alma y eleva nuestro espíritu, uniendo a los creyentes en una misma comunión. Esto es, pues, lo que celebramos hoy en esta fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.

Jesús, alimentaba a sus oyentes de manera integral, fue su práctica constante. Primero lo hizo con el pan de la palabra, anunciado con autoridad y sabiduría el Reinado de Dios y su amor misericordioso. Después los alimentó con el pan de los signos, que eran la manifestación de un tiempo  nuevo que se iniciaba con Él. Dentro de estos signos, se preocupó por el pan material y dio de comer a una multitud cansada y hambrienta. Como hemos escuchado, caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas cercanas a buscar comida, porque aquí estamos en descampado»;  pero Jesús les contestó: “Denles ustedes de comer”. Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío”. Pues, eran unos cinco mil hombres. Para Él no significaba dificultad alguna, pero quería que los hombres colaboren, que se hagan solidarios unos con otros, que tomen parte en la obra de la salvación.

Sin embargo, faltaba algo más, porque el gran y único signo es en realidad Él mismo. Faltaba el alimento espiritual con su propio Cuerpo y con su propia Sangre, como donación total de su persona. ¿Podría ser de otra manera? Su interés mayor estaba en que los hombres sean capaces de elevarse hasta Dios Padre, que amorosamente cuida de sus hijos. En su Reinado hay pan para todos, y para todos un mismo pan.

“Pan”, pues, es el término con el que coinciden los textos litúrgicos de hoy. La primera lectura, tomada del libro del Génesis, nos narraba un anticipo de la Eucaristía en un personaje, rey-sacerdote de Salem, llamado Melquisedec, quien ofreciendo pan y vino a  Abraham, cansado tras la batalla, aparece como una figura profética de Jesucristo, que da alimento a la multitud, cansada y hambrienta. “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”, nos ha hecho exclamar el salmista, palabras que relacionan a este personaje con Cristo, sacerdote, con la diferencia de que en el sacrificio eucarístico el Señor es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. Como hemos escuchado también, san Pablo escribió a los Corintios: “El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Hagan esto en memoria mía’…  Cada vez que comen este pan y beben el cáliz, proclaman la muerte del Señor”. Es el escrito más antiguo sobre la institución de la Eucaristía.  Y cuando san Lucas escribió su evangelio ya los cristianos llevaban varios decenios meditando los hechos y dichos de Jesús, predicándolos y celebrando la Eucaristía. Así se explica que el evangelista haya narrado el episodio de la multiplicación de los panes como una anticipación y prefiguración de la Última Cena: “Tomó los panes, elevó los ojos, pronunció sobre ellos la bendición, los partió, los dio”. Desde la noche de la última cena, preanunciada en este relato de la multiplicación y celebrada por las primeras comunidades cristianas, Cristo no ha cesado a lo largo de los siglos de dar al hombre, sin distinción de ningún género, el pan de su Cuerpo y de su Sangre, alimento de vida eterna.

Los primeros cristianos celebraban su fe en la Eucaristía, a la que llamaban “fracción del pan”. Iniciaba con la proclamación y explicación de un texto escriturístico, es decir, se alimentaban primero con el pan de la palabra de Dios, y después venía la presentación de dones y la consagración del pan y del vino, de los que todos se alimentaban y compartían la misma comunión. El hombre también es espíritu, y el espíritu necesita de un alimento diferente al pan de harina: necesita de la palabra del Dios vivo y del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Cuando participamos en la Eucaristía y comulgamos, recibimos al Cristo total, entero. La Eucaristía es eso. Dios, nuestro Padre, nos da gratuitamente el alimento del Cuerpo y la Sangre del Señor, siempre que tengamos el deseo de recibirlo con las debidas disposiciones. Si este alimento es gratuito, ¿por qué son muchos los que no lo reciben? ¿Será por la conciencia de ser esclavos de ciertos pecados de los que no queremos salir? Notemos que el hecho de la multiplicación de los panes conlleva la participación y el reparto; el pan es un bien que hay que compartir y distribuir en justa medida con los que no tienen. Acercarse a la Eucaristía no es sólo recibir a Cristo en nosotros, sino vivir mirando al prójimo, como hermanos, unos al servicio de otros. Éste es el auténtico milagro de la multiplicación: la capacidad de compartir y repartir, aunque sólo sean cinco panes y dos peces, lo que somos, lo que tenemos. Cuando se parte y reparte, cuando se ofrece lo que uno tiene, por muy poco que sea, hay mucho más de lo que parece. Pero, realmente, como en Emaús, quien da el verdadero pan es Jesús; “lo reconocieron al partir del pan”. Es el Señor, Es el Maestro de Nazaret. ¿Lo reconocemos también nosotros hoy?

P. José Antonio Pachas SDB

Comentarios:

Maximo 1000 caracteres:

EDICIONES ANTERIORES:

Seleccione el año y el mes para visualizar el boletín o descargar la versión digital.